Cuando llega el verano, y la consiguiente escasez de novedades editoriales, comienzo mis paseos por las librerías de segunda mano en la red (Uniliber, concretamente, y las librerías que sirven contrareembolso, en particular) y busco ofertas, autores de los que solo tengo alguna referencia vaga, o novelas de autores que me interesan y no halla leído. Por ahora he conseguido algo de ambos apartados: Tres novelas de Ed Mcbain-Evan Hunter, del que aún me queda mucho por leer, y al que más adelante dedicaremos una entrada en este sitio, y un surtido variado de autores por los que siento curiosidad. Y, de estos segundos hay un apartado dedicado a obras que me han llamado la atención por sus cubiertas.
Porque antes, hace muchos años, las editoriales llamaban la atención de los posibles compradores mostrándoles una imagen atractiva, intrigante, en las cubiertas de sus libros. Quizás usaran las ilustraciones originales de las ediciones foráneas, en unos casos, y, en otros, contrataban ilustradores que se aplicaban para componer unas imágenes atractivas, que mostraran algún elemento interesante del contenido del libro.
Antes, hace mucho tiempo.
Porque, en estos tiempos en que las editoriales que editan alguna colección de género negro o policíaco se ha acomodado a la norma de presentar sus productos con fotos de agencia, absolutamente anodinas, frías, vacías, en la convicción de que estas novelas se venden de por sí, y más si van firmadas por un autor nórdico de nombre impronunciable; y en estos días en que los autores tienen que publicarse ellos mismos sus obras, y buscarse la vida para presentarlas dignamente y no tienen más remedio que echar mano de alguna foto libre de derechos y convenientemente alterada con fotoshop, o de algún amigo al que no se le dé mal esto del dibujo, hasta que las editoriales grandes se fijen en ellos (cuando vendan mucho, pero mucho), el que suscribe cada vez echa más de menos esos libritos de bolsillo y tapa blanda con ilustraciones en sus cubiertas (y páginas que se pueden ojear y tiene tacto a papel, y no a plástico, pero eso es otra historia, como diría el tabernero de Irma, la dulce.)
Dos ejemplos de lo que queremos decir, de dos autores, que deben vender sólo con su nombre, porque lo que es por sus cubiertas...
Y fue por sus cubiertas por lo que adquirí estas dos novelas de la colección Biblioteca Oro, de la Editorial Molino: Sangre en la Luna, de Leslie Ford, 1957 (All for the lady of a lady, Leslie Ford, 1898-1983, seudónimo de Zenith Brown), y El Soplo, de A. W. Sherring,1960 (The tip off).
El estilo de la señora Ford-Brown es una mezcla de desparpajo campechano y de verborrea atropellada y confusa, que pretende pasar por "sofisticada"; y la historia que nos cuenta tiene más de relato costumbrista en periodo de guerra (la segunda mundial), e intrigas matrimoniales y románticas que de intriga, al menos en las primeras páginas, de las que no pasé. Tengo que aclarar, en este punto, que, a estas alturas de mi vida, si lo que estoy leyendo no me atrapa desde los primeros párrafos, lo desecho; hay muchas cosas por ahí que leer y mi paciencia es cada vez más escasa. Quizás la novela gane en interés más adelante, pero yo no lo sabré.
La segunda novela es de un autor totalmente ignoto. Y esta me distanció de la historia que me contaba desde los primeros párrafos, al comprobar que los componentes de una banda de excombatientes (de la segunda guerra, también) se expresaban como niños de 12 años jugando a los bandidos. No se si achacar esto al autor o al traductor, pero el caso es que bastó para hacerme desistir de continuar con la lectura.
No me gustaron ninguna de las dos, pero las dos estaban espléndidamente ilustradas por Pablo Ramírez, del que no tengo ninguna referencia, pero que me compensan de su adquisición.
Esta novela la tenia de antes, pero me sirve para poner de manifiesto lo atractivo del diseño de cubierta de esta colección. Esta ilustración es de Cortiella, y la novela es muy buena, de un autor, Bruno Fischer, del que hablaremos más extensamente en una entrada futura.
Tambien es un autor intesante y tambien tendrá un espacio en este sitio, Ed McBain-Evan Hunter, del que conseguí tres novelas pertenecientes a la serie de la comisaría 87, en una colección dedicada al autor, en ediciones B, pero sólo muestro una de las portadas porque las demás son exactamente iguales, y sólo cambia el titulo en cuestión. La ilustración es de Oscar Chichoni, y es ingeniosa, pero vaya..
También de Editorial Molino es Condenada a Muerte, de Richard Demming, 1966 (Shell hate me tomorrow, 1963), una buena novela, bien y sobriamente narrada, que, en contra de lo que pudiera pensarme, no se centra en las peripecias de esta muchacha, sino más bien de los esfuerzos de un dueño de un casino en una pequeña ciudad por protegerla y protegerse de los mafiosos que la buscan. Entretenida.
Aunque no se acredita juraría que la ilustración de cubierta es obra de Robert Mcginnis. Esplendida.
Y esto es todo por ahora. En la lista esperan obras de Edward S. Aarons y H. Q. Masur. Si el calor me lo permite y consigo concentrarme en la lectura en la siguiente entrada contaré qué me han parecido.







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